Mis personajes favoritos (Nº 331).
La noche que nació Carmen, su padre, Pedro Pérez
Villa (el Sordu), andaba a otra cosa. Cuando el progenitor iba de regreso a su
casa del Barriu, después de pescar por los andurriales de Cue, clareaba el día,
y en el camino se cruzó con un vecino que estaba al tanto de la buena nueva.
“¡Enhorabuena, Pedro! Me acabo de enterar. ¿Qué fue esta vez: críu o cría?”, le
preguntó el parroquiano. Ajeno todavía al asunto, y presuponiendo que se le
estaba interrogando sobre lo de siempre, que si se le había dado bien la pesca,
respondió con precisión: “Nada que preste, salao: un pulpín de nada, que en
cuantu llegue a casa lu tiro al Riveru por la ventana”.
Noventa y dos años después de aquel amanecer,
Carmen Pérez Bernot (1920-2012), la séptima de los nueve hijos de Pedro Pérez
Villa y de Aurora Bernot García, fallecería en Cevico de la Torre, el pueblo de
Palencia donde pasó la mayor parte de su vida. Se había hecho castellana sin
dejar de ser abnegadamente asturiana.
Había nacido en el Barriu, en medio de una topografía
llena de esencias del Llanes marinero: el faro, la Tijerina, la capilla de San
Antón, Puertu Chicu y las fábricas de conservas de pescado, en la cercanía de
la mansión del conde de La Bedoyère y de la casa-cuartel de la Guardia Civil.
Sobresalía en el paisaje urbano la liviana jerarquía de un hada enlutada,
Angelita, la Partera, que a tantas madres ayudaba a parir. Angelita siempre
recibía al nuevo ser canturriando: “¡Que soy de la Guía, de la Guía soy!",
mientras cogía al naciatu por los pies después de cortar el cordón umbilical.
Carmen vio construirse los muelles de la ría, la
Compuerta, la Rula de Joaquín Ortiz y la Barra, mientras ella y sus tres
hermanas (María, Lola y Pilar) iban al lavadero cargadas con una batea en la
cabeza, sobre la corona del rueñu. Era alta y delgada, como la de la canción, y
su hermano Víctor la provocaba llamándola “Palu de Poo”, lo que hacía que ella
se subiese por las paredes.
Conservaba una memoria de aúpa y su testimonio
me ayudó, no pocas veces, a reconstruir partes inéditas de la pequeña historia
llanisca y de la Guerra Civil, que estalló cuando ella acababa de cumplir 16
años. Me contaba la despedida apresurada de su hermano Juan, confitero de La
Auseva, alistado como voluntario en el batallón de El Coritu, que no regresaría
del frente. “Si te pregunta madre por mí, dile que fui a darme un calumbu a
Toró”, le había dejado dicho Juan a Carmen en el momento de partir.
En 1938, conocería a un labrador palentino,
llamado Mariano Rodríguez Portillo, soldado de las tropas nacionales, que hacía
guardia en la garita del campo de aviación de Cue. Empezaron a cortejar, y
Carmen llegó a llevarle hasta allí alguna vez un bocadillo. Se casaron en la
sacristía de la iglesia de Llanes, que era la trastienda destinada entonces a esos
efectos para la gente de su clase social, y la historia de amor de la pareja
duraría 60 años.
En Cevico, y aparte de su trabajo en el campo,
Mariano era el encargado de proyectar la película semanal en el cine del
pueblo, propiedad de su familia (la de “Los Buscavidas”), y Carmen asistía a
las sesiones siempre con el embeleso de una colegiala. Tuvieron un hijo,
Marianín, que vive en Madrid, fueron felices en su rutina y recorrieron un mapa
de sueños sencillos y posibles a bordo de un Seiscientos blanco (“el
Blanquillo”, según lo llamaba Mariano), que les traía todos los años a la
fiesta de la Guía.