Mis personajes favoritos (Nº 327).
Fue tripulante de casi todas las lanchas de Llanes: “Socorro número 1”, “Virgen María”, “Orinoco”, “Virgen del Rosario”, “Rita García”, “San Pedro”, “Migarreña”, “La Castaña”... En todas fue quemando Eulogio Cue Inés (1916-1995) la vida a jirones.
Cuando le hice esta foto en 1994, Eulogio, Logio “el Chulu”, llevaba dos años observando a diario desde San Antón la evolución de las obras del nuevo puerto, sin perder detalle, y dando oportunos consejos a los ingenieros acerca del modo de prevenir los efectos de los temporales, que tiraban repetidamente a la mar la grava acumulada y algún bloque de hormigón.
Eulogio había nacido en una familia de pescadores de Cimadevilla, y lo sabía todo de la mar. A los ocho años de edad era el lazarillo de su padre, ciego por circunstancias de la vida, y a los diez empezó a curtirse a bordo de una embarcación llamada “La Troya”. Fue pescador durante casi cincuenta años, hasta que la artrosis y el reuma le movieron a buscar otros medios de subsistencia. Le tocó descargar vagones del tren (y vio reventar a compañeros bajo sacos de cien kilos), repartió carbón por las casas, fue sereno en el Paseo de San Pedro y portero de noche de un hotel.
Había sido un deportista excepcional. Bogaba en piragua como los ángeles y eso le condujo a obtener sonados triunfos. A finales de los años cuarenta, ganó en dos ocasiones el Descenso del Sella, ante una concurrencia de más de cien piragüistas cada una de las veces. Quedó también campeón del Descenso de Villaviciosa en tres ediciones.
Junto a su hijo Logín empezó a hacer aparejos. Eran dos figuras inseparables. Iconos del alma de la villa. Se les veía juntos en el puente. Juntos en todas partes. Viviendo y viendo pasar la vida. Queriéndose. Entendiéndose. A lo largo de veintiséis años.
- “Yo lu lavaba, lu peinaba, lu llevaba a la calle y lu enseñé a hacer aparejos. Logín los hacía perfectamente y nunca se cansaba. “¿Estás cansáu, Logín?, le decía yo. ¿Quiés que paremos y descansemos un pocu?” “¡No, coño!, ¡tú tira p' alante, Eulogio!”, me contestaba él.
Disminuido síquicamente, pero atento siempre a lo que pasaba a su alrededor, la bendita inocencia de Logín nos llegaba al corazón.
Toda la vida llamó a su padre "Eulogio". Sólo una vez, al final, invocó Logín a su progenitor de otra manera. Fue en 1989, cuando estaba ya a punto de ser vencido por la leucemia: desde el lecho de muerte, de repente, Logín le llamó por primera vez “papá”.

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