Mis personajes favoritos (Nº 328).
“Llera”, como le llama todo el mundo, pertenece de lleno a un paisaje de tintes
marinos y urbanos que se conjugan cara a la eternidad en la calle Manuel Caso
de la Villa de Ribadesella, frente a la Lonja. Nació en 1968 en el epicentro de
la villa riosellana, hijo de José Manuel Llera Huerta, de Avilés, y de Zulema
Pérez Martínez, de Ribadesella. El padre había trabajado en la mantequería de
Emilio Pando, y luego en la construcción. La madre, en la residencia de
ancianos, hasta su jubilación. Tuvieron dos hijos, uno de los cuales, César
Luis, ya ha fallecido.
Vivían en el Covallu, bloque 11, en medio de un sano ambiente de buena
vecindad,
Por parte de Zulema Pérez, el abuelo de Llera, José María Pérez, era maquinista
de Feve, y uno de sus hijos, Ramón Pérez Martínez, condujo durante cuarenta y
dos años el tren fluvial y en la época del hambre de la posguerra, dejaba caer
en las curvas piedras de carbón que aliviaban como un maná las necesidades de
algunas personas.
Llera se había casado a los diecinueve años con María del Carmen Gutiérrez
Buenaga, por cuyas venas corre sangre de Llanes, nieta de Marina “la Patiña”,
una célebre pescadera que iba hasta Oseja de Sajambre a vender el pescado. Mari
Carmen es prima carnal de Manuel Buenaga Palmero, el patrón mayor de la
cofradía de pescadores de Ribadesella. De aquel matrimonio nació Daniel Llera
Gutiérrez, su único hijo, que regenta un comercio de bicicletas, motos y
patinetes eléctricos, “todo lo que tenga ruedas”.
Tras una amplia experiencia de hostelería en el bar Tinín, Llera abrió en 2003
la sidrería La Marina (precisamente, el último día de aquel año), en el mismo
sitio en el que antiguamente se levantaba el edificio de la estación de los
Alsas, ya desaparecido. Desde el primer momento, el pescado, el marisco, una
carta variada y de calidad y la siempre fiable sidra Viuda de Angelón, son las
señas de identidad de la sidrería. Ilumina el ambiente una autenticidad
marinera y riosellana, con Llera al timón, como patrón carismático de un navío
de cabotaje. Es un local lleno de vida, en el que sus fieles clientes (no pocos
de ellos llaniscos) nos sentimos igual que en casa güelu.
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