A los 13 años, Isabel, “la Chavalina”, que nació en la villa en 1931, ya ganaba el jornal en la fábrica de conservas de pescado de Llerandi. Su madre, Rosario Gómez García, de Meré, trabajó en la fábrica de quesos y mantecas SADI y fue pescadera de raza. El padre, Ángel Batalla Bustillo, pescador y barrendero, contribuyó, junto a Rosario, a labrar, desde la modestia y desde la decencia, la idiosincrasia de Llanes, que iríamos mamando después las sucesivas generaciones de llaniscos. Isabel es nieta de Manuel Batalla, “el Raposu”, personaje prototípico de la marinería local, que había venido desde Tazones a Llanes, a la langosta, en el primer cuarto del siglo XX. “El Raposu” casó aquí con una hija de la tía Ángela, la partera (coetánea de otras célebres parteras del Barriu, como Restituta, madre del peluquero Cagigas, y como mi abuela materna, Aurora Bernot, esposa de Pedro Pérez Villa, “el Sordu”).
Hablamos de familias fecundas y bendecidas por brisas un tanto bíblicas, a la sombra de la premisa de “creced y multiplicaos”. El padre de Isabel, “la Chavalina”, tenía cinco hermanos: Martín (más conocido como “Pitito”, casado con Isabel Rodríguez, sobrina de Pedro “el Sordu”), Ramón (“Camará”, marido de Esperanza Díaz, matrimonio que tuvo veintidós hijos), Ricardo (“Manzano”, yerno
de Restituta, la partera, y que en la Guerra Civil fue comisario político del Ejército Popular y se exiliaría en México, donde murió), Silvestre, que fueguardameta del C. D. Llanes en los tiempos del “Triquitrí”, y Nati, “la Raposa”.
Isabel era, igualmente, la mayor de seis hermanos. Detrás de ella estaban Ángel (el de El Bodegón), Félix, Toño (“Pelolindo”), Manolo (Lolito, el delUría”) y Vicente. Ángel y Toño fallecieron hace ya unos cuantos años.
De cría, en la escuela, la Chavalina tuvo de maestra a doña Florinda, y asistió durante algún tiempo a la escuelina particular de doña Soledad, en el Cuetu, una mujer entrañable que daba a sus alumnos castañas cocidas y les enseñaba a contar con una tabla de barras y bolas que se movían para un lado o
para el otro al efectuar la operación de suma o resta.
Se casaría con el pescador Ramón Batalla Díaz, hijo primogénito del “Camará”. El marido de la Chavalina iba a la mar enrolado en lanchas como “la Menta” y la “Virgen del Rosario”, y acabaría poseyendo su propia barquilla para hacer la costera. Era íntimo amigo de mi tío Víctor Pérez Bernot, emigrante en Francia.
En la lucha valiente por la supervivencia de las mujeres de aquella época matriarcal, Isabel, la Chavalina, supo gobernar su casa con inteligencia y prudencia innatas, heredadas de su madre. Carretó por calles y aldeas las cajas del pescado que vendía en un trajín incesante. Anduvo a la angula y fue a la
mar acompañando a su marido a echar la xuglera.
Ramón y ella tuvieron tres hijos: Mariguí, que reside en Suiza desde hace cincuenta años, anhelante siempre de su Llanes; Ramón, que murió muy joven, y Mari Carmen.
Desde una posición de serena ancianidad, y apoyada en el andador, cuando cruza el puente camino del Barriu, parece contemplar interiormente los pasos y la vida de su amplia descendencia: siete nietos: Juan Manuel y Ramón Iván (hijos de Mariguí); Adrián, Hugo y Arturo (hijos de Ramón); y Xabier e Íker (hijos de Mari Carmen). Y cinco biznietos: Álvaro (hijo de Ramón Iván); Martín
y Abril (hijos de Adrián); y Alicia y Enol (hijos de Hugo).
Isabel fue siempre una de mis fuentes de información más fiables para penetrar en los arcanos de la historia local. Conservo en mi archivo decenas de hojas manuscritas con las cosas que me fue contando a lo largo de los últimos treinta y seis años (desde el momento mismo en que me convertí en director de
la Casa de Cultura): descripciones del Barriu y de sus pobladores, recuerdos de una infancia de pulientas, registros elocuentes de los usos y costumbres del Llanes auténtico que ha desaparecido; imágenes de la posguerra y de las lecciones de doña Florinda, escenografías del Tendederu de redes, de la Compuerta y del puerto histórico, recoleto y esencial que hemos perdido irremediablemente; sentimientos, inocencias y silencios a flor de piel de una fiel devota de la Virgen de la Guía…
La Chavalina falleció el 13 de junio de 2026, a los 95 años.

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