Javier, hijo único de Josefa González Tamés, una labradora muy apreciada, se crió arropado por su madre y por una numerosa familia. Los abuelos maternos eran Ramón González González, de Niembro, y Emilia Tamés Gavito. Ramón poseía alguna vacuca y algún terrenín, donde nunca caían heladas, por estar cerca de la mar, y en el que cultivaba patatas y arbejos. Este Ramón González trabajaba
por las provincias de Zamora y Santander (tejero en Toro, cocedor en una fábrica de ladrillos de Barreda y empleado de una cerámica en Sarón), mientras su mujer se ocupaba de la casa y la labranza. Emilia tenía ocho hermanos: María, Eduvigis, Lino, Ramona, Antonio, Regina, Felicitas (Titi) y Ernestina
Tamés Gavito, todos de Celorio.
Emilia era la cuarta; Eduvigis servía en la casa de Eduardo García Valverde (Lalito), situada junto a San Pedro, camino de la Talá; Lino emigraría a México; Ramona fue la criada y ama de llaves de toda confianza de Manuel Victorero Dosal en la guapa mansión de aquel antiguo alcalde de Llanes junto al
Paseo; Antonio era labrador y tejero, y Regina contraería matrimonio en 1935 con el arquitecto racionalista (y socialista) Joaquín Ortiz García, al que acompañaría en su exilio en Venezuela.
En el Celorio paradisiaco de su infancia, Javier González Tamás fue monaguillo con don Eleuterio Teodoro Ovejero, el párroco castellano de la iglesia de San Salvador. Siempre sería muy religioso, de una fe cristiana constante y alegre, llena de esperanza. Le tiraba la música, y en la escuela, donde ejercía como maestro don Diego González Peral, salmantino, Javier tocaba la armónica.
Seguiría tocando ese sencillo instrumento aún en sus años de alumno de las Escuelas Cristianas de la Arquera, de 1960 a 1963. Venía a la villa en el tren mixto de las 9, y desde la estación emprendía el camino hasta La Arquera, a través del túnel, hasta Pancar y la Llavandera. Por la tarde regresaba a casa
en el tren de las 5.
En el Instituto “Alfonso IX” se aficionaría al acordeón. Entre sus compañeros estaba Pablo Ardisana, y en el claustro figuraban Jesús Llerandi (profesor de Formación del Espíritu Nacional), Elviro Martínez (que daba Religión y sería después autor de títulos imprescindibles de la bibliografía llanisca), David Ruiz González (historiador, que impartía Geografía e Historia y llegaría a ser catedrático emérito de la Universidad de Oviedo) y el ovetense Rodrigo Grossi (Literatura).
En su jubilación seguía usando la misma moto que le había llevado diariamente antes de amanecer a su faena en la fábrica procesadora del ocle. Los años y la soledad no le hacían perder su simpatía, su generosidad para con todos y el proverbial y ocurrente sentido del humor que le caracterizaba.
Alimentaba a incontables gatos de su barrio celoriano, que acudían a él puntualmente y le hacían buena compañía hasta el anochecer.
Javier era una fuente de información absolutamente fiable en todo lo que se refería a la pequeña historia local. Estaba al tanto de claves y arcanos que casi nadie conocía, y su anecdotario resultaba siempre caudaloso y enriquecedor.
Llevaba años enclaustrado en la paz de su casa, y tan sólo salía a consultas de médico. Su teléfono sonaba a menudo, en llamadas de personas que le querían y se interesaban por su estado, pero él casi nunca lo oía y pocas veces respondía.
Javier falleció el 17 de abril de 2025, a los setenta y seis años.

No hay comentarios:
Publicar un comentario