lunes, 8 de septiembre de 2014

JOSÉ SÁNCHEZ INCLÁN (PEPÍN EL DE LA GLORIA)

Mis personajes favoritos (Nº 44). 

Llanes ya no es lo mismo sin La Gloria, el popular e histórico bar de la calle de la Estación. Cerrado desde el verano de 2010 por jubilación de su propietario, Pepín, aquel establecimiento dejó una huella imborrable. Acogía las mejores tertulias y concitaba a la gente más célebre y pintoresca. Ofrecía, además, una comida casera de primera categoría.

José Sánchez Inclán (Boquerizu, Ribadedeva, 1938) cubría mucho terreno (se las apañaba para atender él solito la barra y el comedor), mientras su esposa, Isabel Álvarez (natural de El Cantinu, sitio cercano a Colombres), gobernaba la cocina.

Pepín e Isabel tienen dos hijos, José Alfredo y Pedro.


Los padres de él, Ángel Sánchez y Margarita Inclán, que se conocieron a bordo de un transatlántico de emigrantes rumbo a La Habana, habían cogido en traspaso el bar La Gloria, situado junto a la estación del ferrocarril, en 1953. Y ahí escribiría Pepín su gloriosa historia de santidad, abnegación y servicio al prójimo.

 

Pepín tenía cinco hermanos: Fina, Marisa, Seni, Alfredo y Hortensia (Tensi). Él era el penúltimo.

Había varias cosas de las que él presumía con toda legitimidad: de su bendito Boquerizu natal, de la afición al bolo palma y de saber de memoria un puñado de poemas de Gabriel y Galán, con sabor a campo, a labranza y a “honrado pan castellano”.
Con él, había siempre en el bar un ambiente de sosiego, tan solo agitado como una gaseosa en cuanto llegaban los trenes de Santander o de Oviedo y, sobre todo, los martes de mercado. Antes, la gente viajaba en ferrocarril y en la línea de Mento, y esta práctica humanizaba la convivencia y permitía que las personas se relacionaran más entre sí.

El ambiente tranquilo de La Gloria era determinante e influía grandemente en el espíritu de los parroquianos. Cualquiera que aterrizara por allí mochando, blasfemando o cagándose en todo lo que se menea, quedaba al instante sosegado como una malva. Esto, que me llamó la atención siempre, era debido, sin duda, a la carismática y beneficiosa bondad del chigrero. Y a su sentido del humor. 
Pepín estuvo al pie del cañón 57 años. "En realidad, ciento catorce años, Genín, porque toda la vida me tocó hacer jornadas dobles”, me puntualizaba él una de las últimas veces que charlamos. 

 

Pepín, que tanta felicidad nos dio a sus clientes y amigos, falleció el 24 de agosto de 2026, a los 88 años.

 

En silencio, estoy releyendo ahora, lentamente, los quince artículos que le dediqué en el diario LA NUEVA ESPAÑA, empapándome del recuerdo de aquel paisaje perdido de La Gloria:

 

“Pingüinos en La Borbolla” (12 de enero de 2008).

“Crónica más bien verde” (31 de mayo de 2008).

“Aquí es al revés” (6 de febrero de 2009).

“Cantabria es otra cosa” (19 de marzo de 2009).

“Nombres raros, jabas contadas” (15 de abril de 2009).  

“Vome pa casa, que aquí no me jallo” (27 de mayo de 2009).

“Telediarios alucinógenos” (1 de julio de 2009).

“Un poeta pasa página” (28 de agosto, 2010).

“Aportaciones sesudas al idioma castellano” (9 de marzo, 2011).

“Clases de tenis, individuales y en grupo” (4 de noviembre, 2011).

“Piropear, una actividad de riesgo” (17 de febrero, 2015).

“Eros y lucha de clases” (20 de octubre, 2015).

“La memoria está en el horizonte” (19 de mayo, 2016).

“Muchos chorizos pa Maxi” (31 de mayo, 2018).

“Jubilación que no rompe cadenas” (28 de diciembre, 2018).

 

Descanse en paz el bendito Pepín.

 

(Ilustra esta crónica una foto que le hice a finales de los años 90).  

  

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