En su puesto de churros en el muelle, Juanita Varela
Dosal (Pancar, 1932) se convirtió en una figura amable y familiar con la que se
fueron encariñando, también, tanto los turistas de segunda residencia como los
viajeros y visitantes de estancias breves pero repetidas. La conoce todo el
mundo.
Con nueve o diez años de edad, y con el remango propio
de una época de “jambre” y miserias cotidianas, Juanita solía acercarse a casa
de Pedro Pérez Villa (“el Sordu”) y de Aurora Bernot García, matrimonio que
tenía nueve hijos y vivía en el Barriu, para echar una mano. El Sordu era
albañil, mariscador y pescador de caña, y Aurora cosía. En la casa, humilde y
llena de vida, de aquella santa pareja, Juanita barría hilos y pequeños retazos
de tela de mahón, con la que Aurora hacía los calzones de los marineros. Luego,
con una lechera en la mano, Juanita iba a buscar la leche al Cotiellu, a un
local atendido por dos mujeres: la corita Teresa (la madre del que habría de ser
el párroco más querido de Llanes, Luis Díaz García) y Amparo. Allí, muchos años
después, tendría Juanjo Llamazares su taller de reparaciones electrónicas.
Por aquellos trabajos, la cría recibía un bocadillo o
un plato de comida de la que estuviese lista en el puchero Aurora aquel día.
Luego, volvía a su casa o se ponía a jugar en la calle con otras crías.
Juanita se casó con Arsenio Torres Crespo, de
Bustio, y emigraron a Australia, donde estuvieron trabajando siete años (ella,
primero, en un hotel, lavando y planchando sábanas y manteles, y más tarde en
plantaciones de tabaco).
Cuando regresaron, Juanita y su marido tomaron
el relevo de María Quiroga Asueta como encargados de la playa del Sablón. Se
ocupaban del cuidado de las casetas, las duchas, los palos para las sombrillas
de los bañistas y el chiringuito plantado al pie de las murallas, una caseta colorista
y minimalista, muy bien surtida. Daba gusto tomar allí una cerveza con patatas
fritas después de jugar un partidín de fútbol en la bajamar y de darnos un
prolongado calumbu. De aquélla, Llanes no sufría la masificación que
sobrevendría después.
Arsenio y Juanita atendieron el Sablón durante
más de dos décadas. Les tocó sufrir desgracias familiares cuando aún estaban en
plena lucha por la vida y por sus hijos, y supieron sobreponerse.
Hoy, él ya no está entre nosotros. Ella, pequeñuca,
pero fuerte como una roca, atendería en la plazuela del Muelle el puesto de
churros que había regentado Chucha Goti Somohano. Nos endulzaba a todos la vida.

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